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miércoles, 25 de abril de 2007

No vale no jugar

Hay tres charlas que se evitan en los cumpleaños, bautismos o reuniones familiares varias. A saber: religión, política y fútbol. Con la pelota en la boca terminamos siempre, un poco culpa de que muchas fiestas se celebran en días -e incluso horarios- en donde partidos sumamente trascendes se desarrollan. Imposible no tocar ese tema. Pero no quiero hablar de fútbol. Y como no estamos en ninguna reunión familiar me permito hablar un poco de política. Y quiero hablar con vos. Y te quiero preguntar lo siguiente.

¿Por qué te interesa tan poco esto que te pasa? ¿Acaso pensás que da lo mismo crecer que quedarse donde estamos? O peor aún, ¿retroceder?

A vos te estoy hablando, que hoy, junto con varios millones, sos mayoría. A vos que no es que no puedas adecuarte a un sólo lugar, sino que qués salirte del mapa por completo. A vos que ni siquiera estás conforme con lo que tenés.

Es que poco nos queda si la mayoría cree estar afuera. Porque si todos supiésemos ver agudamente llegaríamos a la conclusión que no se puede estar del otro lado, porque no hay nada que no sea este momento que nos toca.

Acá estamos todos, poco número si se piensa en un país tan grande. Pero que el total no nos engañe, que las tendencias ya son bastante claras aún con estas cifras. Me gustaría pensar que la gente con ideales de algún tipo tuvo ese día cosas más importantes que hacer que un click en una página de un diario de su país, pero igualmente no logro convencerme.

Si a uno le presentasen todas las opciones posibles y aún así no eligiese ninguna, ¿a qué estaríamos jugando? ¿A estar en desacuerdo simplemente? ¿Tenemos la posibilidad de elegir no estar?

Me pregunté después de ver el resultado de la encuesta, cuál es el significado de no “considerarse de ninguna manera”. Me respondí que si “no te considerás” o no sos parte de ninguna de las corrientes políticas simplemente no tenés identidad política. No estás en desacuerdo con las estructuras partidarias actuales o en contra de todo mecanismo democrático, dictatorial o anárquico. Simplemente no estás.

Y la ausencia me parece el peor de los males políticos y particularmente de este momento. Porque estar allá arriba implica -o debería implicar- hacer lo posible para que los que estamos acá abajo, junto con los de arribla claro, pasemos esto que nos tocó vivir juntos de la mejor manera posible. Y por eso los elegimos, para que después de todo nos representen. Lleven a la práctica nuestros intereses y manifiesten en su boca las opiniones de los que creímos en ellos. Así debería ser.

Pero no se puede con una realidad en la que la gente no está. Donde sólo nos queda ver cómo, ajenos a todo, un grupo de personas caminan entre destinos cruzados tomando o dejando a conveniencia lo que tristemente piensan propio. Y aún así no nos importa. No querés tomar nuestro (porque no es sólo tuyo) destino en las manos y moldearlo. Parece que no te importa.

No pensar no es una opción, y menos una salida o una respuesta justa. No pensar nos conduce inevitablemente al fracaso. Y eso es lo que la mayoría parece ser que tiene ganas de hacer.

Puede ser más fácil, en eso estamos de acuerdo. Ahora, si te gusta vivir cómodo, recostado mirando la tele y pensando que el futuro de este país lo manejan personas con las cuales no tenés nada que ver y que nunca vas a poder hacer nada al respecto -permitime que te lo diga- estás muy equivocado. Y lo que más me asusta es que tu decisión, esa misma que para vos no tiene ninguna importancia, nos está jodiendo a todos y ni siquiera te interesa.

¿No sos de derecha? ¿No sos de centro derecha? ¿No sos de centro? ¿No sos de centro izquierda? ¿No sos de izquierda? Me gustaría que me dijeses en dónde estás parado, porque lo que es bajo mi punto de vista te querés salir del juego. Lamentablemente es un juego al que no se puede elegir no jugar. Te guste o no.

Una pena que tengas que pensar, pero no tenés mucho más remedio si querés que se mejore un poco la cosa. Porque si seguís “sin considerarte” vos mismo dudo que encuentres a alguien que sí te considere.

jueves, 12 de abril de 2007

Uno en uno y todo en uno en mí

Hay una nueva verdad, y es que el mundo ya no es uno solo. No me estoy volviendo místico y cayendo en lugares espirituales comunes y diferenciando el mundo abstracto del material o el de los vivos del de los muertos. Hablo de este mundo –o estos- llenos de tipos que viven día a día –como si existiese otra forma- su vida y trabajan o no, caminan o no, leen o no, escriben o no, comen o no.

No podría precisar cuándo fue que comenzó la grieta. A veces pienso que no empezó un día en particular, sino que siempre estuvo. Chiquitita, paciente, esperando el momento justo para largarse a correr y terminar de dividir el mundo no en uno sino en decenas de trozos totalmente diversos.

Y nosotros quedamos dispersos por ahí, al azar. No pudimos elegir en qué parte quedar parados. Nadie vino y nos preguntó: “disculpe, ¿a Ud. le gustaría quedarse en donde está o cambiar de lugar en estas nuevas subdivisiones catastrales del planeta?”.

Pienso en esta opción y se me ocurre la bonita idea de haber hecho una votación por teléfono. “Si quiere quedarse donde está presione 1, si quiere mudarse y ya eligió su destino presione 2, si quiere mudarse pero todavía no sabe a dónde presione 3. Sino aguarde y será atendido por uno de nuestros operadores”. Todo esto con una versión paupérrima de Para Elisa a dos voces. Ahora entiendo, si nadie nos consulta sobre temas tan fundamentales, para qué llamarnos y preguntarnos acerca de nuestros gustos televisivos.

Así que cada uno quedó justo donde estaba. Y más o menos nos fuimos agrupando. Los que tuvieron la suerte de ver un poquito más hacia los costados buscaron manos amigas y se unieron fuertemente. Los que no, andan en el mejor de los casos a tientas buscando un grupo que los identifique, y sino ya se reunieron con gente con la cual no comparten nada en absoluto, pero mejor mal acompañado que solo.

Todo esto viene a que no puedo creer que viva en el mismo mundo, e increíblemente en lugares tan cercanos gente como esta. Sencillamente no lo puedo creer. Entonces empiezo a pensar en que no pueden estar hablando de lo mismo, exactamente de los mismos sucesos sin haber vivido en otro mundo.

No pretendo jugar el papel de demagogo insoportable, que se llena la boca de palabras y frases hechas y derrocha discursos inútiles a gente que sólo quiere escuchar y casi nunca hacer. Pretendo dar a conocer mi conclusión, la que comenté más arriba. Y es que el mundo ya no es uno solo.

Hay muchísima gente consciente de este nuevo problema que tenemos y mucho más consciente de su buena posición. Justamente hoy estaba escuchando en la radio que un productor cerealero argentino se había dado cuenta de que en una hectárea tenía ochenta mil choclos. No es poca cosa si se piensa como él pensó. Con esa cantidad de cereales les dio de comer a treinta y tres mil personas, número para nada menor. Y este mismo tipo también sabía que una hectárea menos en su cosecha no representaba gran pérdida a la hora de contar los tantos.


Y hay otras personas que no. Y son las más. Son las que no pueden ver otra cosa. Las que cada día se regodean pensando que todas las realidades son las suyas y que no existe otra. “La realidad es una sola”. ¡Qué frase más tonta, por favor! Hay una realidad en cada mundo, eso sí.

Yo lo vivo de varias maneras.

Hay días que pienso que sería mejor estar en otro de los mundos que existen. Algunos días más lejos y otros más cerca. Y siento que las líneas no se pueden cruzar, que estamos presos de estos lugares y tenemos que hacer con nosotros lo mejor que podamos. Y me da bronca al principio, me resigno después y vuelvo a la carga tarde o temprano.

O sino estoy optimista y vislumbro la posibilidad de borrar las líneas. No creo que nadie tenga la capacidad real de romper esas barreras, así que vuelvo a la idea de mudarme y simplificar las cosas (el romanticismo tiene un tiempo bastante corto cuando lo intelectualizamos).

Y así camino, así leo, así vivo y pienso. De este mundo mío y de esos que veo un poquito. Esa esquina que me dice algo; ese cartelito que se asoma como pidiendo permiso y me hace pensar que hay mundos más justos, donde no tenemos que seguir pidiendo perdón por cosas que no hicimos. U otros más terribles, en donde de refilón se puede ver una sonrisa falsa anunciando soluciones a problemas inexistentes, sembrando esperanzas sin sentido en gente que ya no tiene ganas de creer.

Son muchos estos mundos, y somos muchos nosotros. Y las realidades son más, cada día diferentes.

No podemos mudarnos de mundo, aunque lo intentemos. Será mejor que tomemos conciencia de esto y ayudemos a hacer que el nuestro –este chiquito que nos toca- funcione un poquito mejor.

domingo, 1 de abril de 2007

El adiós

Los oscuros días que sus sueños le trajeron, le inundaron los ojos de lágrimas. Sin poder ver siquiera su propio destino reconoció la presencia de sus hijos, y pasó sus manos arrugadas por los escasos cabellos grises mientras el tiempo le recordaba con fuertes dolores que no quedaba mucho por recorrer. Esto era todo. Le costó contener el grito de desesperación al descubrir que para él la luz y la sombra eran ya una misma nube, sin brillo y sin recuerdos. En el fondo no esperaba mucho más.

Las voces cercanas lo tranquilizaron; sintió menos dolor cuando la compasión del amor incondicional acarició su frente. Nunca se había sentido tan vulnerable. El silencio le hablaba al oído, le recordaba su debilidad, su desamor eterno, su olvido. En su historia no encontró bienestar ni paz, y no pudo evitar sonreir al sentir no sólo una sino dos manos tan cerca.

Ya no necesitaba la vista, ya no la quería. Sólo lo acercaría más a su fracaso, a su soledad inevitable y a un final que seguramente no iba a tener luces de colores. Cerró los ojos y no hubo cambio, la respiración se regularizó y esperó. No era lo único que podía hacer -esperar-, pero iba a necesitar un gran esfuerzo para decir algo. Había en su garganta palabras tan postergadas como necesarias.

Inspiró fuerte y pidió que lo ayudasen a sentarse. Recorrió el espacio con las manos abiertas hasta que encontró las de sus hijos. Las palabras trémulas casi ni se escucharon, pero en el silencio de la habitación flotaron unos instantes, como mágicas. Un simple pedido de clemencia y compasión.

Así se fue, dejando poco para la mayoría; o mucho para los que se atrevan a ver un poco más allá.

Algo aprendimos del paso de los años y del desapego absoluto. Espero ávidamente que algo hayamos aprendido, porque no quisiera un día tener que buscar manos en el vacío con la desesperación de aquel que ya no puede encontrarse a sí mismo.

sábado, 24 de marzo de 2007

De mí

No me gustaría pensar que estoy sólo. Que vivo sólo en mí, y que cada gesto y cada palabra vive de mis límites hacia adentro.

De hecho, soy feliz imaginando que del otro lado estás vos. Sabiendo que aunque el cuento sea corto y estéril te interesa. Reconociendo en cada hoja de esta historia, tu historia.

Me gusta pensarte anterior a vos y a mí.

Me aliviaría saber que estabas antes de conocerte.

Que tu mundo, aunque ajeno, vive en mí; al igual que yo vivo en vos.

Sueño con que estás acá, como ayer y como mañana.

miércoles, 21 de marzo de 2007

¿Por qué no charlamo’ un ratito, ah?

Debe haber cinco temas que repito siempre, sin miedo a exagerar, cada vez que voy a Argentina y estoy en una reunión. Da igual si son amigos, parientes, conocidos lejanos o personas con las que me siento a conversar por primera vez. Pasa siempre lo mismo.

El primer tema obligado son las peripecias que uno pasa en un aeropuerto. Muy graciosas, por cierto, las historias desfilan entre risas y asombro. Que el detector de metales suena hasta con la muela arreglada, o que tuve que dejar un destornillador en el aeropuerto de París. Sin olvidar, claro, las discusiones en mostradores por excesos de equipaje, o las pocas veces en que uno se sintió tocado con la barita mágica porque lo pasaron de la estrechísima clase turista a la confortable y amplia business. Estos relatos son bien recibidos tanto por la gente que viaja relativamente seguido en avión como por la gente que no tiene ni idea de cómo se debe actuar cuando cae una máscara de seguridad.

Sin entrar en muchos detalles más paso al segundo. Este es uno de mis preferidos, y se resume en una pregunta: ¿cómo puede ser que los europeos no fabriquen dulce de leche? Esta simple pregunta la suelen hacer nuestras visitas de turno cuando uno cuenta que hacía varios meses que no probaba un alfajor triple, claro está, porque no hay quioscos que vendan alfajores; por el simple hecho de que los alfajores no existen de este lado.

Y en este punto, si estás leyendo esto y te interesa, te recomiendo que leas unos artículos muy interesantes de un escritor que a mí me gusta mucho y se llama Hernán Casciari. En estupendas descripciones que se pueden leer haciendo click aquí y aquí dibuja la problemática de la falta de quioscos en España y una particular conquista sobre el suelo español por parte de los argentinos, respectivamente.

El dulce de leche es un producto sublime, amado por todos los que alguna vez lo probaron, que debería ser obligatorio en cualquier país y tener una fabricación libre de impuestos. Todas estas son las conclusiones a las que uno llegaría si fuese argentino, y, obviamente, no pudiese vivir sin dulce de leche. Comentarios de resignación, alegando que las visitas a Argentina nos dejan siempre unos quilos demás por este reencuentro, trato de salir de esta pegajosa conversación. Sino, tengo que salir al quiosco y comprarme un “Capitán del espacio” en menos de cinco minutos.

El tercer punto es mucho más delicado, nada de viajes ni manjares ignotos. Llegó la hora de hablar de plata, dinero, intereses, ahorros; estoy en Suiza, qué se la va a hacer. Creo, y estoy seguro de esta creencia, que si uno va a tomar mate con una persona a la cual no ve hace un tiempo no debería hablar de un par de cosas. Una de estas es el dinero. Sinceramente no me gusta mucho hablar de lo bien que gana uno tocando en orquestas de Europa, o cuál es el sueldo mínimo de un cajero de supermercado en un país tan diferente. Sobretodo no me gusta porque no vivo afuera de la vía láctea, y escucho Radio Mitre y leo los diarios por Internet todos los días. Ya sé que a los jubilados les aumentaron pero aún así no les alcanza. O que el tema ahora es qué sistema de jubilación será mejor cuando nos retiremos. Me interesaría hablar de otras cosas, porque sino me empieza a doler el cuello de tanto asentir con la cabeza.

El cuarto y anteúltimo punto en común son las diferencias y coincidencias tecnológicas entre el viejo y el nuevo continente. Con internet a la cabeza empezamos a hablar de que uno acá puede navegar mucho más rápido por la misma tarifa, o que las llamadas telefónicas se escuchan mejor a 12.000 km que a media cuadra. Lo televisores de plasma o LCD siempre son un tema a debatir, y los DVD que leen DivX que parece que acá en Suiza te los regalan en las esquinas. Lo peor de estas charlas es que al finalizar, casi como de improviso, nos encontramos con una lista en la mano que incluye un extenso pedido –claro que si no es molestia- de cosas que volverán conmigo la próxima vez que esté en Argentina (un DVD, o un reproductor MP3, o un teléfono celular, o memoria para una computadora, o incluso un notebook).

Y por último, para los que tenemos la suerte de estar en un país en el que el español no nos puede ayudar, terminamos hablando del idioma. Y acá yo estoy jodido. Vivo en el cantón alemán. Casi siempre escucho la pregunta: “¿es tan difícil como parece hablar alemán?” Y últimamente respondo con el chiste: “si supiera te contestaría”. Este chiste me sacó de un par de situaciones incómodas, que al principio me hacían poner colorado; como cuando –casi siempre un familiar- nos incitaba a “decir alguna cosita en alemán” para que escuchemos. Parece mentira pero no, rojo como un tomate decía cosas como “Ich heisse Leandro”, ó “Whie spaet ist es?”. Y se asombraban de que uno pudiese aprender a decir cosas aparentemente tan simples de una forma tan rebuscada. Debo decir que el la frase que uso como chiste no es del todo mentira. Pasaron más de cinco años y el deutsch es un idioma que no llego a entender.

Enumeradas las cinco debo hacer una confesión. No es siempre culpa de los invitados que estos temas se toquen, aunque claro está que en la mayoría de los casos sí lo es. Hay veces en que me doy cuenta de que tengo tan pocos temas de conversación con la persona que me está hablando que como por arte me magia empiezo a decir cosas como “si alguna vez viajaste en avión te diste cuenta de las porciones que te sirven en un vuelo…”. Dos minutos después me siento un poco más aliviado porque ya estamos charlando de algo intrascendente, pero charlando al fin.

Y no es que me moleste particularmente hablar de estas cinco cosas, lo que me molesta es que siempre, siempre, se tocan estos puntos en una reunión que dure alrededor de dos o tres horas. Son todos temas inevitables, aparecen y pasan. Y se repiten en mis labios las frases hechas y conocidas de memoria.

Pero cada tanto, con un mate en la mano, me sorprendo hablando de interpretaciones de las sinfonías de Beethoven, o del gusto del tabaco en pipa que tanto me gusta, o del nuevo puntero que quiere River y que San Lorenzo no larga. Y cuando me doy cuenta de estas cosas tomo el mate con más ganas, y sonrío cuando lo devuelvo, porque me doy cuenta de que con la persona que estoy en ese momento es una buena persona para tomarse unos mates.